“Luego
Jesús llamó a la gente, y dijo:
—Escúchenme
todos, y entiendan: Nada de lo que entra de afuera puede
hacer impuro al hombre. Lo que sale del corazón del hombre es lo que lo hace
impuro.”
San Marcos 7:14,15
Publicado: 31/08/2012 15:04
México, DF. Hugo Valdemar,
director de comunicación de la Arquidiócesis de México, señaló que el fallo del
Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación se veía venir y llamó a
acatar lo que han determinado los siete magistrados para “continuar la vida
normal del país sin mayores sobresaltos”…”
“Continuar con la vida normal del país sin
mayores sobresaltos”, dijo el Padre Hugo
Valdemar, pero, ¿Cómo continuar con la vida normal del país, si es precisamente
eso lo que se pretende mejorar? Cada seis años se tiene la esperanza de alcanzar
un mejor nivel de vida en esta nación, donde según cifras del (CONEVAL), el
porcentaje de personas con carencia por acceso a la alimentación pasó de 21.7%
a 24.9%, de entre los años 2008 y 2010, lo que significa que 28 millones de
nuestros hermanos mexicanos no están comiendo bien, y si continuamos viviendo
la “vida normal del país”, por lo menos esos 28 millones de compatriotas
estarán en riesgo de morir de hambre en los próximos años. Es irónico que
suceda esto en un país donde tenemos al hombre más rico del mundo.
Ahora el país se encuentra en una situación
nunca antes vista. Ya que vuelve al poder un partido que parecía haber quedado eliminado
hace 12 años, y no precisamente por tener un ejemplar estilo de gobierno, sino
todo lo contrario. Al mismo tiempo surge un movimiento estudiantil que ha
trascendido los límites de las universidades, convirtiéndose ya en un
movimiento social, nacional y apartidista, que lucha por la democracia y por
ser portavoz del pueblo. Así que la realidad de México en estos momentos, es
totalmente distinta a cualquier otra etapa que se hubiera vivido en tiempos
anteriores. Esta es nuestra realidad y es a partir de ella, que debemos comenzar.
Vallamos entonces al evangelio de este
domingo, San Marcos 7:1-8,14-15,21-23, en donde Jesús es criticado fuertemente
por los fariseos y los maestros de la ley, personajes que jugaban un papel muy
relevante en la vida religiosa y política de los tiempos de Jesús. El punto
crítico es cuando aquellos hombres religiosos, se dan cuenta de que Jesús y sus
seguidores no estaban cumpliendo con el lavado de las manos antes de comer. Ese
lavado de manos no se trataba de un acto de higiene, sino de un ceremonial
religioso. Por supuesto que Jesús siendo un maestro de la ley, tenía
conocimiento de esa ceremonia, él era un conocedor de las tradiciones y de los
escritos sagrados, así que ¿Cómo fue posible que olvidara una cosa tan
“importante” para los fariseos?
Veamos, en los tiempos de Jesús existían dos
formas de ver la ley de Dios, una era por medio de lo que nosotros conocemos
como el Pentateuco, parte del Antiguo Testamento que usamos todas las Iglesias
de la Religión cristiana. Y la otra era la tradición oral, que hasta el siglo
III después de Cristo fue impreso, lo que se le conoce como el Mishná.
La tradición escrita (Biblia), proponía
ciertas reglas y normas en relación con las cuestiones morales, pero estas no
eran tan estrictas, más bien cada persona debía interpretar y aplicar la
enseñanza para si mismo. Pero en los siglos V y IV antes de Cristo, surgió una
clase de expertos legales a los que se les conoce como los escribas, que no se
conformaban solo con grandes principios morales. Ellos querían ampliar,
desmenuzar y concretar estos grandes principios en miles y miles de reglas y
normas que gobernaran todas las posibles acciones y situaciones de la vida de
las personas. Es aquí en donde Jesús y los fariseos no se entendían.
La esencia de esta diferencia entre Jesús y
los fariseos aun está vigente el día de hoy en México. Para los fariseos era
incomodo ver que alguien se atreviera a vivir sin estar sujeto a las
tradiciones, reglas y leyes que ellos mismo había creado para mantener al
pueblo bajo un cierto control. Los fariseos querían imponer a Jesús ese estilo
de “vida normal” que se había impuesto siglos antes. Así que, era normal ver
con frialdad la vida del ser humano, verlo como un objeto, como un trabajador,
como el engrane de una maquina que aunque es importante para el funcionamiento
de un sistema, no necesita de comodidades, tan solo un leve mantenimiento
básico, y por su puesto barato, para que de esa forma pudiera continuar con su
función, limitándose solamente a mantener el funcionamiento de la “vida normal”.
La “vida normal de un país” y de su estrafalario cuerpo político.
Era normal también usar una falsa imagen de Dios
para apoyar el funcionamiento de ese sistema, pues a través del miedo, del castigo,
de las excomuniones, humillaciones públicas o como último recurso, el castigo
eterno del infierno, de esa forma era más fácil controlar a las personas para
mantenerlos como eternos colaboradores.
Jesús nos alerta de esta clase de “vida
normal” pues en realidad limita en gran parte la libertad y la potencialidad de
cada persona. Para Dios en realidad no era y no es lo más importante el
cumplimiento de las reglas y leyes, sino el bienestar de cada persona. Y si las
leyes limitan la maravillosa vida de un ser humano para convertirla en un
número que se puede contabilizar, o en un porcentaje que se puede manipular,
entonces algo anda mal. Un mal que continuara incrementando pobreza, destruyendo
no solo la clase económicamente más limitada, sino que como un virus continuará
su camino destructor hacia la clase media, media alta, etc. Triste resultado de
vivir esa “vida normal”.
Un musulmán devoto debe orar cinco veces al
día, para hacer su oración correctamente lleva una pequeña alfombra, la cuál, cuando
se escucha el llamado a la oración extiende en el piso, se pone de rodillas,
hace su oración y luego continúa con su camino. Hay una historia de un musulmán
que iba siguiendo a un hombre con un
puñal para matarlo, entonces se oyó la llamada a la oración. El hombre se
detuvo inmediatamente, desenrolló su alfombra, se arrodilló, hizo sus rezos tan
deprisa como pudo, se levantó y continuó su persecución asesina. Llevar una “vida
normal” aunque seas un devoto religioso, no hace ninguna diferencia ni en el
mundo, ni en tu vida, si no existe antes una reflexión y un razonamientos sobre
tus actos y el impacto que estos provocan. Por esa razón, Jesús nos muestra en
el evangelio que lo externo no enriquece al hombre, ni lo hace santo, puro o
mejor que los demás.
Si nos conformáramos con el estilo de vida
que se nos sugieren, sin razonar, sin investigar, sin preguntar, cuestionar, o
analizar nuestra propia vida, estamos en constante peligro. El ser interior es
lo que provoca vida o muerte al hombre y a la mujer. Si nos enfocamos en
nuestro ser, veremos con claridad lo injusto para transformarlo en justo,
veremos el odio, para transformarlo en amor, veremos las mentiras y las transformaremos
en verdad, veremos la pobreza de nuestros hermanos y con nuestra capacidad de
ayuda podremos hacer algo para cambiar esa realidad. Jesús no quiere que nos conformemos
a las leyes, no quiere que las obedezcamos solo porque se deben obedecer. Jesús
quiere que trabajemos nuestro ser interior, para poder mirar a través de los
ojos de la verdad, del amor, de la justicia, de la esperanza, del bienestar
común. Está claro que no es por méritos, no es por acatar las reglas o leyes.
Se trata de amar y cuidar al ser humano, eso es lo más valioso para Dios. Las
reglas y las leyes estarán cumpliendo su verdadero propósito cuando nos ayudan
a amar y a cuidarnos unos a otros.
Hermano y hermana, nunca olvides que lo más
importante para Dios somos los seres humanos, no las reglas ni la religiosidad.
Por eso es injusta la pobreza que existe en nuestra sociedad, pero aun es más injusta
la pobreza que existe en el alma de cada hombre y mujer.
Hermana y hermano, no te conformes con vivir
una “vida normal”, escucha al maestro Jesús, escucha a tu ser interno, transfórmalo
aún mas, sigue en la lucha por lo justo,
sigue transformando tu manera de vivir y luchando por tu dignidad, transformando
tu manera de pensar y luchando también por la verdad, que es la que seguirá transformando
y liberando a la sociedad.
Es mentira que hay que vivir una “vida normal”
lo diga quién lo diga. Dios quiere una transformación continúa, una evolución
del ser, una transformación constante, al punto de llegar a amarnos unos a
otros y hacernos uno solo. Si trabajamos juntos de esa forma estaremos
construyendo la verdadera democracia, porque se nos ha dicho que la democracia
es votar y dejarle el control a una sola persona, eso no es verdad, la
verdadera democracia que nunca muere es la que se forma con la participación de
todos los integrantes del pueblo, es el gobierno del pueblo para el servicio
del pueblo.
Dios nos ama y no quiere ver a ninguno de sus
hijos e hijas doblegados por ningún régimen autoritario.
Sigamos luchando por la verdad, escuchando
las sabias palabras de Jesús. Depende de ti, depende de mí, depende de todos, porque
brillamos y estamos dispuestos a seguir alzando nuestra luz, la luz de nuestra
democracia, la democracia que nunca muere. Amen.
Pbro. Roberto Aguilar Cedeño.
2 de septiembre del
2012.

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